Prólogo de Anfiteatro posmortem de Mauricio Ocampo C.

Prólogo

Con Anfiteatro posmortem no nos referimos a un lugar físico. Estamos nombrando más bien una situación límite o una condición cotidiana. Este título no remite a una sala concreta ni a un edificio con bancas y focos blancos, aunque podría hacerlo. Remite a un momento preciso en el que el cuerpo y la conciencia dejan de ser alguien y pasan a ser algo: una materia disponible, una superficie de lectura, un objeto de aprendizaje. El anfiteatro es ese espacio donde la vida pierde su derecho de ser comprendida y solo queda lo que se puede observar. 

La biografía importa poco. No interesa quién fue el cuerpo, sino qué puede extraerse de él. Qué se aprende cuando ya no hay respuesta. Aprendizaje sin consuelo, conocimiento que no repara. Un saber que avanza incluso cuando ya no queda nadie a quien responderle, ni consentimiento que pedirle.

Posmortem no alude solo al cadáver. Nombra también el después prolongado de la muerte: ese tiempo extraño en que seguimos funcionando cuando algo esencial se ha retirado. Cuando la inercia continúa, pero el sentido no acompaña. Vida residual, común, conciencia en trámite. Un estado que no es excepcional, sino cotidiano, casi administrativo: formularios que se completan, protocolos que se cumplen, cuerpos que pasan de una mesa a otra, o de cualquier cosa opcionalmente horizontal a otra. 

La voz que habla desde este libro sabe que está siendo observada, examinada, seccionada. Sabe que hay una mirada técnica, institucional, incluso moral, recorriéndola con método. Habla igual. No para justificarse ni para ser salvada, sino para nombrar el corte. Nombrarlo no lo cancela, pero lo vuelve visible. Y lo visible incomoda más que lo oculto, como bien lo sabe el expero en incomodidad Mauricio Ocampo C. 

Esta obra suya no es un libro fúnebre ni un gesto necrofílico, es hiperconsciente. Se escribe desde la vida de la muerte: una condición fértil y exquisita para la literatura, y enfrente, en la realidad normalizada, una experiencia existencial angustiosa difícil de soportar, pero soportada a diario. Aquí la muerte no aparece como final, sino como forma de permanencia, como clima y como normalidad operativa.

No hay en estas páginas un poemario tradicional ni una narración progresiva. No hay promesa de avance ni de resolución. El libro se compone de impulsos textuales autónomos sostenidos por una voz insistente, áspera, a ratos incómoda. Una voz que no desciende de ninguna trascendencia, sino que emerge desde el Creador que está en los subsuelos, y desde la institución de la hiriente pregunta eterna, del lenguaje mismo. No “Dios mediante”, sino cuerpo mediante.

Anfiteatro posmortem ingresa de manera inoportuna en el territorio de la poesía. Arrastra registros narrativos, dramáticos, administrativos. Se contamina de otros discursos y los contamina a su vez. Altera el ritmo de lectura desde el primer contacto. No busca armonía, sino fricción de letal existencia. Lo hace deliberadamente, como quien sabe que el orden también anestesia. Como quien sabe más de lo que se necesita saber, como un poeta que entiende más que un profeta sobre lo que está pasando ahora mismo. 

Leer hasta el fondo implica asistir a una disección bajo luz fría y todo frío y caliente a la vez, húmedo de sangres nuestras y ajenas. La disección no es solo del cuerpo, sino también de la conciencia, del modo en que miramos, clasificamos, aceptamos. No hay distancia segura. No hay platea protegida. Mirar/nos implica. La observación nunca es neutra.

El anfiteatro reaparece con distintas modulaciones: espacio de aprendizaje, dispositivo institucional, lugar de castigo, escenario de una pedagogía oscura. Allí se enseña, pero también se normaliza. Lo que se repite se vuelve método y lo que se vuelve método deja de escandalizar. La violencia, cuando se organiza, aprende a parecer rutina y la rutina a parecer necesaria.

Circulan aquí varias voces: la del cuerpo abierto que todavía insiste en hablar; la de quien ejecuta el corte y necesita justificarlo; la de una voz impersonal que remite a la institución misma. Esta polifonía impide una lectura cómoda. No hay un “yo” estable al cual adherirse. El lector queda sin punto fijo. Sin refugio.

La insistencia en cuerpos sin nombre, sin filiación, sin reclamo, configura una poética de los nadie, los expulsados: sujetos fuera de los sistemas de cuidado y reconocimiento. No se trata de casos excepcionales, sino de una condición estructural. La miseria humana no aparece aquí como tragedia aislada, sino como administración cotidiana. Se gestiona, se clasifica, se tolera.

La disección funciona a la vez como acto de conocimiento y como ejercicio de poder. Cortar es comprender, pero también dominar. En ese marco, la dimensión teológica no ofrece consuelo. Dios, si aparece, lo hace como ausencia o como estructura indiferente. No hay redención que suspenda el procedimiento.

Se renuncia a la belleza convencional para sostener una forma de verdad basada en la crudeza y la confrontación. Este libro no solicita adhesión ni indulgencia. No pide ser comprendido, sino atravesado. Exige no mirar hacia otro lado.

Y si aun así se aparta la vista, al menos que se reconozca lo que se aprende en ese gesto: hay cortes que se condenan, y otros que se justifican con demasiada facilidad cuando el cuerpo no es el propio.


Alí Benítez en compañía de Mared Guerra
Carretera San Cristóbal de las Casas - Tuxtla Gutiérrez,
05 de enero 2026. 

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